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RAFAELA RODRÍGUEZ VÁZQUEZ, reconocimiento "Benadalid en Femenino, mujeres referentes", 2021

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RAFAELA RODRÍGUEZ VÁZQUEZ, reconocimiento "Benadalid en Femenino, mujeres referentes", 2021

Este año 2021, por ser para nosotros y nosotras una persona admirable, de respeto, por ser referente y abrirnos camino, por mostrarnos con tu ejemplo que aún en un momento donde una mujer necesitaba de un hombre para vivir y sacar adelante a sus hijos e hijas, ella solo necesitó de su actitud y su fuerza, de su capacidad de lucha y superación, de su amor a la familia y sus ganas de vivir. Por eso y por todo, Rafaela, tu pueblo te da las GRACIAS.

Nació Rafaela en junio de 1931 cuando sus padres vivían en el campo. Eran colonos en un cortijo situado detrás de la sierra de Benadalid. Su padre, que era de Benalauría, la inscribe en  el registro civil de esta localidad donde también es bautizada.

Vive en el campo hasta los doce o catorce años, ella  no lo recuerda bien, siendo la mediana de tres hermanos. De estos tiempos recuerda que,  su padre, muy preocupado por la instrucción de sus hijos, paga los servicios de un maestro itinerante que daba sus lecciones de cortijo en cortijo y tomaba con las familias el desayuno o almuerzo según la hora  a la que iba a dar sus clases. A veces se levantaba un poco sobresaltada porque el maestro había llegado sin esperarlo. En aquellos tiempos, los Reyes Magos traían almendras, nueces y algún caramelo.
Allí pasó su infancia ayudando a amasar el pan y aprendiendo a coser con su madre, además de las tareas domésticas que entonces se denominaban “las propias de su sexo”. Sus hermanos, cuenta ella que, desde los catorce años, araban con su padre preparando la siembra y trabajaban como hombres además de leer los libros de geografía o la “Aritmética razonada “ que él les compraba cuando iba a la ciudad.

De uno de estos viajes del padre para traer lo necesario  recuerda la llegada a la casa, poco antes del anochecer, de tres hombres encapuchados que se llevaron, además de las doscientas pesetas que tenían, la orza del lomo y los chorizos de la matanza colgados del techo. Recuerdo imborrable que todavía alimenta sus temores en la noche.
También practicaban el trueque con los recoveros que les dejaban café y azúcar  a cambio de los huevos de sus gallinas.

Después de la guerra, recuerda, pasaban por el cortijo muchos caminantes hambrientos a los que su madre siempre atendió dándoles un trozo de pan y un pedazo de tocino.

Con mucho trabajo la familia consiguió juntar dinero para adquirir en el pueblo dos casas comunicadas en la calle Real, bastante deterioradas, y una parcela de olivos. No pudieron mudarse enseguida porque necesitaban ahorrar para arreglar, al menos, una de ellas. Cuando lo consiguieron, la adecentaron un poco y se trasladaron a una, usando la otra (donde reside ella ahora) para almacenar los aperos de labranza y los aparejos de las bestias.
Ya en el pueblo fue muy poco al colegio. La familia consiguió comprar otra parcela de olivos y una de viña y huerto.

Ella ayuda amarrando animales en el prado para que se alimenten y engorden y recogiendo  aceitunas, cuando es el tiempo de la cosecha, como casi todas las jóvenes del pueblo. Siempre ha dicho que nunca pasó hambre, que siempre tuvo pan y aceite “del bueno”. Otras cosas no. Entonces las galletas o el chocolate eran un lujo.
Se echa su único novio a los 19 años y pasa un noviazgo, de los antiguos, de 11 años. Muere joven su hermano mayor en Ronda,  después de operarse de apendicitis y haber sido trasladado hasta allí en un camión porque entonces no había aquí centro de salud  ni ambulancias y la vida era de otra manera.

En las fiestas se hacía un vestido nuevo con la tela que compraban en la tienda de Morenas  y, una foto subida a caballo con el novio el día de los Moros y Cristianos.

Se casa con 30 años y alquilan una casa. Llevaba muebles bastante buenos, según alguna amiga. Allí nacen sus dos hijos mayores y después se trasladan a la casa que su familia tenía de almacén  tras hacerle un ligero arreglo.

Allí nacen los otros dos. Su madre no la deja lavar la ropa y le dice “tiempo tendrás”. Como así fue, llegó a lavar hasta la de nueve personas hasta tener lavadora, allá por finales del año 84. En esos años fue su aliado en la colada el arroyo del Aguayar y el baño de zinc, también amigo en el aseo de toda la familia.

Todos se acuestan temprano y comienzan para ella las tareas de lavado y secado de la ropa junto a la chimenea cuando los días de lluvia son interminables. También la costura: de un retal traído de Cataluña es capaz de sacar un vestido y una camisita de niño y sus hijos van a la iglesia  ” como pinceles”. Para comprarles zapatos se lleva a Ronda un palito con la medida del pie de cada uno.

Cuando enferman de sarampión,” las chinas” o paperas, los cuatro a la vez, es para volverse loca, se presentan más tareas, además de guisar, limpiar,…

Su casa está siempre llena de amiguitos de los hijos que forman el alboroto propio de la chiquillería en sus juegos y que hace desesperar al abuelo, sentado, en invierno, junto a la chimenea en la única estancia común de la casa.
En invierno recoge aceitunas y al final del verano echa higos a pasar.
Enviuda con 44 años y cuatro hijos entre 8 y 13 años. Además, tiene a su cargo dos ancianos que unas veces ayudan y, otras, son dos niños más.

La pensión da para poco y no para de pensar como aumentar los tan necesarios ingresos: cría conejos para llevar metidos en un saco, en autobús, a los bares de Ronda; se ofrece como vendedora a comisión de una tienda de muebles que llena de  somieres con patas y colchones de espuma las casas del pueblo, dándole el relevo a la lana. Negocia y es tratada con respeto porque sabe ganárselo.

Mejora la vivienda pagando a plazos los arreglos y la carpintería.

Monta la mejor peluquería del mundo, porque es gratuita, con las tijeras que hereda de su marido. Por allí pasan casi todos  los amigos de sus hijos a cortarse el pelo. Ya mayores, la saludan agradecidos con cariño.
Siempre con iniciativa, coge la tienda cuando se jubila Marcela, compra la nevera y, los primeros pollos que vende los trae también en el autobús, otro aliado. Entonces las tiendas del pueblo  no se cerraban ningún día.

Pasa de tener que comprar fiado, mientras se vendían los cochinos, las aceitunas o los higos secos a ser la que fía.

Está cuando alguien la necesita aún sin tener la certeza de cobrar.

Tiene  gran capacidad para el cálculo mental y hace sumas infinitas sobre el papel de estraza. ¡Qué buena matemática habría sido si hubiera tenido la oportunidad de estudiar!  De eso es de lo único que tiene envidia.

Con la misma consciencia que tenía  su padre de la importancia de la formación,  pone gran empeño en que sus hijos e hijas estudien: acompaña a Málaga  a hacer la selectividad, busca alojamientos sin las facilidades que ofrece internet, deja los libros pagados en las librerías de Ronda para que los recojan, cuadra el escaso presupuesto para que tengan su abrigo en colegios e institutos donde había poca calefacción…

Después vienen los nietos y nietas y les sigue ayudando de mil formas a ellos y a sus progenitores.
Cuando se jubila se podría decir que empieza a disfrutar un poco: hace viajes con sus amigas, colecciona zapatos, se baña por primera vez en el mar y en  piscinas, participa en las variadas actividades culturales y de ocio del pueblo, lee el periódico…

También ayuda haciéndoles arreglos de costura a bastantes personas e incluso corta las uñas a quien no tiene quién lo haga antes de que el pueblo cuente periódicamente con podóloga.

Las  amigas que quedan no la olvidan ni estando lejos: una la llama con frecuencia y otra la felicita por Navidad desde el extranjero.

Se podría decir que su vida ha sido intensa, entregada por completo a sus hijos y  sin dar cabida a un nuevo compañero. Ha estado llena de trabajo y tristezas pero también de logros y alegrías.

Ahora, casi con 90 años, le gusta caminar hasta “El Calvario”  para ver desde allí sus olivos y siempre dice: “Si hay que ir al VIAJE se va, pero prisa yo no tengo”.

Lucía Fernández Rodríguez, 2021.

Descubre la historia de nuestras mujeres referentes  aquí.